
Imbuido en el espíritu de la vista del santo padre que tanto trastoca nuestro estado laico deseado , no he podido dejar pasar la oportunidad de encontrar el lado positivo, la potencia de su encíclica Magnifica Humanitas, ¿Quién nos iba a decir que el discurso más valiente sobre el futuro del trabajo y la tecnología no vendría de un mitin en Nou Barris, sino del Vaticano? A veces, la política nos da sorpresas, y la nueva encíclica Magnifica Humanitas es una de las grandes. Como socialdemócrata, os digo que si le quitamos el envoltorio religioso, lo que nos queda es un manual de resistencia frente al capitalismo digital más salvaje.
No somos algoritmos, somos personas
Llevamos años diciendo en Barcelona que la tecnología debe estar al servicio de los barrios, no al revés. El texto da en el clavo: denuncia ese “paradigma tecnocrático” donde la eficiencia es el único dios. No nos engañemos, la IA no es “neutra”. Si un algoritmo decide quién recibe una ayuda o quién entra en un proceso de selección en una empresa del 22@, ese código lleva grabados los prejuicios de quien lo programó. La encíclica nos lo advierte: la justicia social tiene que estar en el diseño, no puede ser un parche que pongamos después para lavar conciencias.
El trabajo: lo primero es lo primero
En esta ciudad sabemos lo que cuesta ganar derechos laborales. Por eso, me quedo con la defensa a ultranza de la primacía del trabajo sobre el capital. La automatización no puede ser la excusa para que cuatro directivos se forren mientras el resto nos quedamos mirando. La encíclica es clara: el trabajo es dignidad, es creatividad y es comunidad. El desempleo masivo por culpa de la IA no es un “daño colateral” inevitable, es una “calamidad social” que la política debe frenar con uñas y dientes.
Los datos: el nuevo “bien común”
Aquí viene la parte más potente: los datos no pueden ser propiedad privada de tres gigantes de Silicon Valley. La encíclica propone gestionarlos como un bien común, como el agua o el aire, porque son fruto del aporte de todos nosotros. Es lo que siempre hemos defendido desde la socialdemocracia: el destino universal de los bienes aplicado a los bits y los algoritmos. Es hora de acabar con el “colonialismo digital” que extrae nuestra información para vendérnosla después.
Un Estado que no se lave las manos
Basta ya de esa milonga de que el mercado se regula solo. La política tiene la tarea irrenunciable de orientar la economía hacia el bien común. El Estado no puede ser un espectador; debe ser un regulador activo que garantice que nadie se quede atrás, especialmente los más frágiles. Necesitamos una democracia que no se deje manipular por la desinformación y los intereses de las grandes tecnológicas.
En definitiva, la elección es sencilla: o construimos una “Babel” de beneficios y exclusión, o reconstruimos nuestra “Jerusalén” —una ciudad justa, humana y solidaria— pieza a pieza, entre todos. Yo lo tengo claro: el futuro de Barcelona y de Europa será humano o no será. Menos algoritmos opacos y más justicia social desde el código fuente.
