El ruido y la furia
Cuando agredir al adversario se convierte en sustituto de gobernar
Hay una frase de Shakespeare que el siglo XXI ha convertido sin querer en el programa político de cierta derecha: “una historia contada por un idiota, llena de ruido y de furia, que no significa nada.” Lo que el Bardo ponía en boca de Macbeth como metáfora de la vanidad de la existencia, algunos lo han adoptado como método. El ruido constante. La furia permanente. Y al final, nada: ninguna política concreta que mejore la vida de nadie.
Asistimos a una mutación profunda en la cultura política de las democracias occidentales. El eje de la competición ya no es el debate entre proyectos de sociedad —qué hacer con la vivienda, cómo proteger a quien pierde el empleo, cómo garantizar que el hijo de un obrero llega a la universidad—, sino la destrucción del adversario como fin en sí mismo. La política como guerra de desgaste. La oposición entendida no como alternativa, sino como negación.
El insulto como programa
Lo nuevo no es que exista descalificación en política. Eso siempre ha existido. Lo nuevo es la proporción: cuando la agresión ocupa el 90% del discurso, ya no es un instrumento retórico, es el contenido. Y cuando el contenido es únicamente la descalificación del contrario, el ciudadano queda huérfano de una cosa fundamental: la discusión sobre su vida.
¿Cuánto cuesta el alquiler en su barrio? ¿Cómo va a pagar la dependencia de su padre? ¿Qué futuro tienen sus hijos en una economía que precariza? Estas preguntas se ahogan bajo el estruendo de la batalla permanente. Y quien no encuentra respuestas en la política acaba pensando que la política no sirve para nada. Ese escepticismo no es un accidente: en muchos casos, es el objetivo.
La trampa del espectáculo
Existe, además, una trampa estructural. Los medios —tradicionales y digitales— amplifican el conflicto porque genera audiencia. El titular de la pelea supera siempre al titular de la medida técnica. Una legislación que mejora las condiciones de los contratos de alquiler genera diez líneas en la página ocho; un insulto en el hemiciclo, portada y tertulia. El sistema de incentivos empuja a los actores políticos hacia el espectáculo, aunque paguen el precio de vaciarse de contenido.
Quien quiere gobernar de verdad tiene que nadar contracorriente. Tiene que insistir, a veces con una paciencia que roza el heroísmo cívico, en que las cosas concretas importan más que las guerras tribales. Y tiene que hacerlo sabiendo que probablemente perderá esa batalla de atención, al menos a corto plazo.
La democracia como cosa seria
Pero hay algo que la política del ruido no puede destruir del todo, aunque lo intente: el vínculo entre representación y realidad. La gente sabe, aunque la política del espectáculo la distraiga, que necesita un techo, un médico, una escuela y un sueldo digno. Cuando ese vínculo se rompe del todo —cuando la clase política en su conjunto parece más interesada en destruirse mutuamente que en resolver problemas reales— aparece el peligro mayor: no la antipolítica, sino la política de los que prometen resolver todo con autoridad y simplificación.
La respuesta a la política del ruido no es más ruido. Es política. Política en el sentido clásico: el arte de organizar colectivamente las condiciones de la vida común. Propuestas reales, debates reales, gestión honesta de los recursos colectivos, y la convicción de que mejorar la vida de la gente es un objetivo suficientemente digno como para no necesitar más espectáculo que la propia realidad.
El ruido y la furia, decía Shakespeare, no significan nada. Tenemos la obligación de significar algo.
