
Se escucha con frecuencia que viene un nuevo ciclo de derechas. Lo dicen como quien anuncia una marejada: algo natural, inevitable, casi geológico. Yo no lo veo así.
La historia no se mueve en círculos. Los movimientos individualistas que hoy ganan espacio comparten elementos con los liberalismos, los etnicismos y los conservadurismos del pasado, sí, pero son construcciones nuevas. Tienen su propia lógica, sus propias contradicciones y, sobre todo, sus propias respuestas a preguntas que la izquierda lleva tiempo sin reformular. Pedret, Forti y otros trabajan en esa tarea de definición y diagnóstico. Ese camino lo dejo en manos competentes.
Lo que me ocupa hoy es otro problema: el nuestro. El de los progresistas.
Hemos caído en un error costoso. Hemos tratado las reflexiones del pasado como si fueran asuntos cerrados. Nos hicimos las preguntas difíciles hace décadas, encontramos respuestas que funcionaron en su contexto, y desde entonces las hemos custodiado como si fueran verdades eternas. No lo son. Nunca lo fueron.
Basta mirar el mundo con honestidad. Muchas de las soluciones que consideramos avances fueron, en realidad, respuestas locales a problemas locales. Valiosas en su momento. Insuficientes ahora. El marco global ha cambiado de tal manera que aplicar aquellas recetas sin revisarlas no es fidelidad ideológica: es pereza intelectual.
Entonces, ¿por qué no nos atrevemos a volver a las preguntas de fondo?
¿A quién pertenecen los bienes y las riquezas de una sociedad, los tangibles y los intangibles? ¿Quiénes son los sujetos de derechos y de obligaciones en nuestras comunidades? ¿Cuál es el alcance real de nuestras decisiones colectivas? No son preguntas retóricas. Son el suelo sobre el que debería construirse cualquier programa progresista serio.
Y hay una pregunta que atraviesa todas las demás, y que los movimientos individualistas han sabido explotar con una eficacia que nos debería inquietar: ¿quién es el otro?
No en sentido abstracto. En sentido muy concreto. El vecino que llegó de otro país. El joven que creció en un barrio distinto al tuyo. La persona que no encaja en el relato de comunidad que algunos quieren imponer. Los populismos de nuestro tiempo han construido su fuerza precisamente ahí: definiendo al otro como amenaza, como competencia, como causa de los problemas propios. Es una trampa vieja con envoltura nueva, y funciona porque nosotros hemos dejado de ofrecer una respuesta clara.
La tradición socialdemócrata se fundó sobre otra idea: que el otro no es un rival sino la condición de lo colectivo. Que sin el otro no hay sociedad, solo individuos yuxtapuestos. Que los derechos no se defienden a pesar del otro sino con él y para él. Pero esa idea necesita ser reformulada para este tiempo, porque el mundo en que vivimos ha hecho compleja la pregunta. La movilidad humana, la diversidad cultural, la precariedad compartida entre personas de orígenes distintos: todo eso exige una política de reconocimiento que vaya más allá de los gestos y aterrice en estructuras reales. No basta con declarar que somos una sociedad abierta si la vivienda, la sanidad y la educación funcionan como mecanismos de exclusión.
Desde ese suelo, la pregunta sobre los bienes comunes se vuelve aún más urgente. La vivienda, la sanidad, la educación. ¿Son derechos que una sociedad garantiza a sus miembros, o son mercancías sobre las que alguien obtiene beneficio? La respuesta no es neutral, y define quién cuenta y quién queda fuera. Hay que decirlo con claridad, sin eufemismos y sin miedo al debate.
Lo mismo vale para el agua, la energía, la banca. ¿Puede una sociedad decidir cómo se gestionan, quién opera con ellos, bajo qué condiciones? Claro que puede. La pregunta real es si tiene la voluntad política de hacerlo. Hablemos de eso. Sin autocensuras, sin el miedo reflejo a que alguien nos llame radicales por plantear lo que la mayoría de la ciudadanía siente como urgente.
Pensar con rigor. Convertir el pensamiento en propuesta, la propuesta en estructura, la estructura en realidad. Eso es hacer política. No es gestionar lo que hay; es imaginar lo que debería haber y trabajar para construirlo.
Para eso, sin embargo, hay que empezar por lo más difícil: hacerse las preguntas incómodas. Las que interpelan a los nuestros, no solo a los adversarios de fuera. Y la más incómoda de todas sigue siendo la misma de siempre: ¿hasta dónde estamos dispuestos a reconocer al otro como parte de nosotros?
De la respuesta que seamos capaces de dar depende, en buena medida, si el progresismo tiene algo relevante que decir en los próximos años. O si simplemente espera que pase la marejada.
