Vida comunitaria ¿Cuánto vale una biblioteca?

Si preguntamos cuánto vale una biblioteca, la respuesta habitual es rápida: lo que cuesta. Sueldos, suministros, mantenimiento, fondo bibliográfico. Una partida del presupuesto. Un gasto.

Esa manera de contar no es neutral. Durante décadas nos hemos acostumbrado a pensar que la riqueza se crea en el mercado y que lo público se limita a repartirla o a consumirla. Los servicios públicos aparecen así como una carga que la economía «productiva» soporta. Quiero defender lo contrario: los servicios públicos no son el coste de la riqueza, sino una de sus fuentes.

Hay un detalle técnico que lo ilustra bien. En las cuentas nacionales, lo que produce una escuela pública o un centro de salud se valora, básicamente, por lo que cuesta producirlo. La economista Mariana Mazzucato lo ha señalado en El valor de las cosas: con esa convención, lo público nunca puede aparecer creando más valor del que gasta. No es que no lo cree; es que nuestras herramientas no están hechas para verlo. Y lo que no se ve, acaba pareciendo prescindible.

Miremos lo que sí genera. Una escuela produce personas capaces de trabajar, emprender y participar en la vida democrática. Un centro de salud produce años de vida activa. Una red de cuidados —escoletes, atención domiciliaria, centros de día— libera tiempo, sobre todo el de muchas mujeres que, sin ese apoyo, sostienen un trabajo que la economía necesita y no paga. La filósofa Nancy Fraser lo describe como una de las «condiciones de fondo» de las que depende cualquier empresa y que no aparecen en ningún balance.

Hay también un valor más difícil de medir, pero decisivo. En 1995 una ola de calor causó más de setecientas muertes en Chicago. El sociólogo Eric Klinenberg comparó barrios con perfiles parecidos —igual de pobres, igual de envejecidos— y encontró mortalidades muy distintas. La diferencia estaba en la vida comunitaria: comercio en la calle, lugares de encuentro, vecinos que se conocían. Klinenberg llama a esto infraestructura social: bibliotecas, plazas, centros cívicos, equipamientos que permiten que la gente se encuentre y se cuide. Su existencia depende de decisiones políticas. Cuando en Barcelona mantenemos un casal, abrimos refugios climáticos o diseñamos una plaza con sombra y bancos, estamos invirtiendo en esa infraestructura, tan real como una red de agua aunque solo la notemos cuando falta.

La objeción principal merece respuesta seria: todo esto se paga con impuestos, y lo público no siempre es eficiente. Hay servicios mal gestionados, procesos lentos y recursos que no llegan donde deben. Los críticos de Mazzucato añaden algo razonable: es fácil recordar los éxitos públicos y olvidar los fracasos. Y la explicación de Klinenberg sobre Chicago también ha sido discutida, como corresponde a cualquier hipótesis seria.

Precisamente por eso, defender lo público no puede ser un ejercicio de nostalgia, sino de exigencia. Si sostenemos que los servicios públicos crean valor, tenemos la obligación de demostrarlo: evaluar con honestidad, corregir lo que no funciona y rendir cuentas. Pero hay una diferencia de fondo entre decir «este servicio funciona mal, mejorémoslo» y decir «lo público es un coste, reduzcámoslo». La primera frase mejora la ciudad. La segunda, a menudo, traslada el coste a las familias que no pueden pagarlo de su bolsillo.

Y hay una última dimensión: la libertad. Un buen servicio público permite que una madre vuelva a trabajar, que un joven estudie sin depender de la renta familiar o que una persona mayor siga viviendo en su casa. Una sociedad sin servicios públicos sólidos no es más libre; es una sociedad donde solo es libre quien puede pagarlo.

Desde el distrito queremos asumir dos compromisos. El primero, cuidar lo que ya tenemos, porque el mantenimiento también es política. El segundo, empezar a contar el valor de lo público con el mismo rigor con que contamos su coste: lo que evita, lo que permite y lo que construye.

Así que, ¿cuánto vale una biblioteca? Quizá la respuesta más honesta no sea una cifra de gasto, sino esta: vale un barrio.


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