La gente trabajadora no ha abandonado a la izquierda. Ha sido la izquierda la que dejó de ofrecerle lo que más necesitaba: la certeza de que el futuro también se puede gobernar entre todas y todos.
Una escena
Pensemos en Toni. Cincuenta y pocos años. Treinta en la misma fábrica, hasta que un día la producción se fue a otro país. Nadie le preguntó. Nadie le explicó nada que pudiera entender. Le ofrecieron un curso de reciclaje y un consejo: adaptarse.
En las últimas elecciones, Toni votó a la extrema derecha. Y la tentación, en nuestro lado, es fácil: decir que se ha equivocado, que le han engañado, que no sabe lo que vota.
Yo creo que sabe muy bien lo que vota. Vota a quien le promete protección. Que esa protección sea falsa es otro tema. El problema es que es la única que alguien le está ofreciendo.
El sociólogo Zygmunt Bauman lo vio venir hace más de veinte años. Si queremos entender por qué hemos perdido a tanta gente que siempre había sido nuestra, conviene volver a leerle. No para lamentarnos. Para ponernos en marcha.
Pedían protección. Les ofrecimos flexibilidad
Bauman usaba una palabra alemana que no tiene traducción exacta: Unsicherheit. Quiere decir tres cosas a la vez. Incertidumbre: no sé qué va a pasar. Inseguridad: lo que tengo puede desaparecer. Desprotección: si caigo, nadie me sostiene.
Durante décadas, el pacto social de posguerra respondió a esas tres angustias. Trabajo estable, sanidad, pensiones, escuela pública. No era el paraíso, pero el suelo era firme. La gente podía hacer planes: una hipoteca a treinta años, unos hijos que vivirían mejor.
Ese suelo se ha ido resquebrajando. Y aquí viene lo incómodo: buena parte de la izquierda acompañó el proceso. Habló de flexibilidad, de emprendimiento, de adaptarse a la economía global. Le dijo a quien perdía el empleo que el problema era su falta de preparación.
Michael Sandel lo explica muy bien en La tiranía del mérito. Cuando le dices a alguien que, si se esfuerza, llegará, también le estás diciendo que si no ha llegado es culpa suya. Eso no es una promesa. Es una humillación. Nancy Fraser le puso nombre: «neoliberalismo progresista». Progresista en los valores, liberal en la economía.
Bauman añade algo más inquietante. Cuando un Estado ya no puede garantizar la seguridad social, desplaza la angustia hacia la seguridad que sí puede escenificar: más policía, más fronteras, más miedo al de fuera. La ansiedad por el alquiler o por el despido acaba convertida en miedo al vecino que llegó hace poco. Y en ese terreno, la extrema derecha juega en casa.
El poder se fue. La política se quedó
La segunda idea de Bauman es quizá la más potente. Él distinguía entre poder, que es la capacidad de hacer cosas, y política, que es la capacidad de decidir qué cosas hay que hacer.
Durante el siglo XX, los dos vivían bajo el mismo techo: el Estado. Hoy se han divorciado. El poder viaja: es global, financiero, digital, y se mueve en segundos de un continente a otro. La política se ha quedado en casa, atada a un territorio y a unas elecciones cada cuatro años.
Resultado: gobiernos que deciden sin poder, y mercados que pueden sin que nadie los haya elegido.
El economista Dani Rodrik lo resume en su famoso trilema: no se puede tener a la vez una globalización sin límites, soberanía nacional y democracia plena. Hay que elegir dos. Y durante años sacrificamos la tercera sin decirlo en voz alta. Colin Crouch lo llamó posdemocracia: seguimos votando, pero las decisiones importantes se toman en otra parte. Wolfgang Streeck explicó cómo se fue comprando tiempo, primero con inflación, luego con deuda pública y después con deuda privada, para aplazar un conflicto que tarde o temprano iba a estallar.
¿Qué hizo la socialdemocracia ante esto? Demasiadas veces, aceptarlo como una ley de la naturaleza. Convertirse en buena gestora de lo inevitable. Y quien promete gestionar lo inevitable no ilusiona a nadie. Cuando un gobierno progresista dice «no hay alternativa», está firmando su propia derrota. Porque si de verdad no hay alternativa, ¿para qué votarle?
Chantal Mouffe lo advirtió: cuando los grandes partidos se parecen tanto que ya no se distinguen, el conflicto no desaparece. Se va a los extremos.
Cuando el futuro se privatiza, el pasado se nacionaliza
La tercera idea es la más sutil, y la que más me interpela.
Durante dos siglos, la utopía fue un proyecto colectivo. La gente se organizaba para construir una sociedad mejor: la jornada de ocho horas, el voto de las mujeres, la escuela para todas y todos. El futuro era algo que se conquistaba juntos.
Bauman observó que esa utopía se ha privatizado. Ya no soñamos con una sociedad mejor; soñamos con una versión mejor de nosotros mismos. Mejor currículum, mejor cuerpo, mejor marca personal. Cada uno a lo suyo. Buscamos, como decía Ulrich Beck, soluciones biográficas a contradicciones del sistema. Si no llego a fin de mes, el problema soy yo. Y la solución, otro curso, otra app, otra hora más.
Byung-Chul Han lo describe como la sociedad del cansancio: ya no hace falta un patrón que nos explote, nos explotamos solos y encima lo llamamos libertad. Mark Fisher popularizó una frase que define una época: hoy es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.
Pero aquí está la clave. La necesidad de esperanza no desaparece. Si no hay futuro en el que creer, la gente lo busca en el pasado. Bauman, en su último libro, lo llamó retrotopía: la utopía que mira hacia atrás. Aquel barrio donde todos se conocían, aquel trabajo para toda la vida, aquel país que era «nuestro».
Ese pasado nunca existió tal como se recuerda. Pero quien sabe venderlo, gana. La extrema derecha no ofrece futuro: ofrece volver. Y puede hacerlo porque nosotros dejamos de ofrecer porvenir.
Didier Eribon lo contó desde dentro en Regreso a Reims. Su familia obrera, de voto comunista toda la vida, acabó votando al Frente Nacional. No porque hubieran cambiado de valores, sino porque el partido que antes hablaba de ellos ya solo hablaba a otros. Thomas Piketty lo ha documentado con datos: en Europa y en Estados Unidos, la izquierda ha pasado de ser el partido de quienes tenían menos estudios a ser el de quienes tenían más.
Hay quien lo explica de otra manera. Pippa Norris y Ronald Inglehart hablan de un contragolpe cultural: parte del electorado no reacciona tanto contra su nómina como contra cambios de valores que siente ajenos. Tienen parte de razón, y no conviene negarlo. Pero Bauman nos ayuda a ver que las dos cosas van juntas: cuando el suelo material tiembla, cualquier cambio se vive como una amenaza más.
Tres reconquistas
Diagnosticar no basta. Si este artículo acabara aquí, sería un lamento más. Propongo tres reconquistas.
1. Volver a casar el poder con la política. Necesitamos dos escalas. La europea, porque solo a ese nivel se puede plantar cara a quien ya opera a escala global: fiscalidad mínima a las multinacionales, reglas para las plataformas digitales, política industrial común. Y la local, porque la ciudad y el barrio son el último lugar donde la gente todavía ve con sus ojos que la política cambia cosas. Una escuela reformada, una plaza que vuelve a tener sombra, un centro de día que abre por la tarde. El municipio no es política menor: es donde se reconstruye la confianza.
2. Hacer de la seguridad una bandera progresista. Hemos dejado la palabra «seguridad» en manos de quienes solo la entienden como policía y frontera. Error. Seguridad es saber que tu hija tendrá médico, que tu madre tendrá quien la cuide, que tu alquiler no se doblará el año que viene. El sociólogo Eric Klinenberg habla de infraestructura social: bibliotecas, mercados, centros cívicos, parques. Lugares donde gente distinta se cruza, se conoce y deja de tenerse miedo. Esa es la mejor vacuna contra la política del miedo.
3. Devolver la utopía al plural. No hace falta resucitar los grandes relatos del siglo XX. Erik Olin Wright hablaba de utopías reales: proyectos concretos y visibles que demuestran hoy que otra forma de hacer es posible. Cooperativas, energía comunitaria, vivienda pública de calidad, presupuestos participativos. Mariana Mazzucato propone un Estado con misiones, que no se limite a arreglar los fallos del mercado sino que marque el rumbo. Y Sandel nos recuerda lo esencial: recuperar la dignidad del trabajo. Nadie debería necesitar un título universitario para merecer respeto.
Reconstruir el ágora
Bauman usaba una imagen de la antigua Grecia: el ágora. Ese espacio entre la casa y el poder donde los problemas privados se convertían en asuntos públicos. Donde «a mí no me llega» se convertía en «a nosotros no nos llega». Y, por tanto, en algo que podíamos cambiar.
Hoy el ágora está vacía. Cada uno se enfrenta solo a su angustia. Y quien llena ese vacío no es quien tiene mejores soluciones, sino quien mejor sabe nombrar el miedo.
La tarea del progresismo no es recuperar votos. Es algo más hondo: volver a llenar esa plaza. Escuchar antes de explicar. Hablar con quien se fue, sin superioridad moral. Ofrecer protección de verdad, no discursos sobre adaptarse. Y devolver a la gente una convicción que nos hemos dejado arrebatar: que el futuro no es algo que nos pasa, sino algo que hacemos juntos.
Toni no necesita que le digamos que se ha equivocado. Necesita que alguien vuelva a llamar a su puerta con algo que valga la pena.
Ese es el trabajo. Y empieza hoy, en cada barrio.
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