Los marcos mentales son fundamentales a la hora de abordar el análisis de las desigualdades en nuestra sociedad, ya que no solo moldean nuestra percepción de la realidad, sino que son los límites de las metas que nos planteamos y además rigen nuestra forma de actuar.
La figura del ascensor social refuerza un marco de superioridad de los de arriba sobre los de abajo. Asume que esta estructura es válida y que solo subiendo el ser humano puede desarrollar una vida digna. Da por buena la estructura del rascacielos en el que la cúpula se sitúa en las plantas superiores elevada sobre la masa obediente.
Acepta la falacia de la meritocracia como realidad limitantante de la buena vida.
Nada más lejano al federalismo, o al pensamiento ilustrado basado en la igualdad, en la libertad y en la fraternidad.
La metáfora del ascensor social resulta insuficiente, e incluso contraproducente, para construir un marco mental de prosperidad compartida debido a que se basa en una lógica de ascenso individual dentro de una estructura jerárquica, en lugar de proponer una transformación del sistema para el beneficio colectivo.
Hay que convencernos y transmitir que el éxito depende de la cooperación y la responsabilidad mutua, no solo del esfuerzo personal.No basta con que los individuos suban, el sistema debe construir las capacidades de las sociedades para prosperar en conjunto.
Para generar un cambio social respecto a las desigualdades hace falta, es necesario e imperativo, utilizar un nuevo lenguaje que active un marco diferente, un forma de pensar y actuar que se base en lo común antes que en lo individual y en su identidad solipsista.
De hecho la socialdemocracia tiene como uno de sus objetivos la movilidad vital en condiciones de equidad. Que cada ciudadano y ciudadana tenga una vida con igualdad de oportunidades reales.
Para ello necesitamos crear un entorno propicio a la redistribución de oportunidades y la democratización del bienestar. Garantizar el acceso universal a los bienes comunes y asegurar el equilibrio social.
Necesitamos un suelo común de derechos y servicios básicos, así como de deberes y compromisos.
Si queremos transformar las estructuras sociales hay que reconfigurar el reparto de poder y de riqueza para crear cohesión.
De aquí nace el concepto de prosperidad compartida.
Para romper las brechas sociales, para reducir estructuralmente las desigualdades, para que todos podamos desarrollar un proyecto de vida hace falta que activemos la potencia social, desbloquear el talento colectivo, liberar las capacidades del yo colectivo.
Debemos combatir el capitalismo extractivo y apoyar la verdadera creación de valor social donde lo privado construya activamente la capacidad de los sistemas sociales para sanar y prosperar. Dejar de ver la resiliencia como una cuestión puramente interna para entenderla como la capacidad de las comunidades y ecosistemas donde se opera.
Si aceptamos el lenguaje feudal capitalista que enmarca la sociedad como una competencia o “carrera”, se refuerza el marco del “individuo”, donde solo los “disciplinados” merecen prosperar. Para lograr una prosperidad compartida, es necesario un reencuadre que hable de inversión en el futuro, equidad y dignidad humana como pilares de una nación civilizada, en lugar de una simple mecánica de ascenso.“
Nadie puede quedar atrás, nadie puede quedar fuera.
No queremos un ascensor, queremos un bosque que se expande y acoge, queremos enriquecernos con la perspectiva del otro.

Puede que el ascensor social esté estropeado, pero hay que rescatar las escaleras y cooperativismo social.
“The low live social party”
By DAVID